El odio no entiende de pasados
configura el recuerdo en prisión
a la orilla del dolor siempre,
qué tendrá el odio que borra besos
y abrazos y extiende armas
y hace del amor un enemigo,
ayer paseaba el odio
por la calle,
caminaba con sus banderas sucias
solitario y dolorido
en búsqueda de un abrazo
poniendo sus espinas,
el odio pisaba tejas
y copas de árboles
y en sus ojos había cuchillos
que dejaba a medias
cuando la luz le ciega,
el odio es un espía
del que camina sin prisas
y ríe o pena o es mendigo
pero duerme en paz cada día,
nunca llora en compañía
porque el odio lo agranda
y se cree importante
en los calendarios de la gente
más ínfima,
no pude con el odio ayer
digamos que lo dejé tranquilo
con sus gestos y sus labios tensos,
y quise comprenderlo a lágrimas
pero el odio tiene léxicos
cuyos manuales no acepto,
y así el odio se fue yendo
a amarse con el odio,
y yo me vine a casa
y cerré ventanas y puertas
por si el odio visita el aire
y corrige mis poemas.
Han robado el cristo
y el cetro del niño Jesús,
la alarma grita en la sociedad,
¡ladrones de iglesias!
¡ladrones de santos!
¡ladrones de poca monta,
si apenas tienen valor!
La virgen ha tenido
menos suerte:
en el forcejeo le han roto
un dedo para llevarse un aro.
¡Ladrones en la iglesia!
¡Asesinos de santos!
¡Ladrones violentos,
la virgen con cuatro dedos!
Dieguillo el mendigo
olfatea el basurero,
desde allá escucha las campanas
a revuelo y jaleo,
con su gorra de ortigas
y su tabaco sudado amarillento,
¡hasta aquí llegan los muertos!
Dieguillo palidece de miedo
antes de ver el desecho.
El cristo le dice apresurado,
Llévanos contigo al pueblo,
que nos andarán buscando
devotos, gendarmes, párrocos
la adoración nocturna al completo
y algún periodista ateo,
y Dieguillo se encoge de hombros,
Te pedí pan duro
te pedí agua y vino
te pedí consuelo en la mirada
y una vez ahora que pienso
fui a pedirte promesas y limosna,
ahora soy yo el cristo
y su corona.
Siguió Dieguillo
su camino de sigilo.
¡No vuelvas por mi casa,
mendigo harapiento
que esta te la recuerdo!