jueves, 30 de septiembre de 2010

Los murciélagos que no lloran, fotografía de Rafael Cruz y poema de Marta Antonia Sampedro

Cualquiera observa que está ebrio de olvido,
escapado y en sosiego de ceguera
en el fin de sus peldaños,

está sentado con sus ojos de pus,
-a veces las lágrimas convierten
el dolor en pomada-,
y su pecho ya no se mueve
ni con oxígeno prestado del 061.

¿Dónde están sus hijos?
Culpándolo.

Sus brazos caen de la silla,
su boca muerde la silla,
¿dónde están los de su rh?
Volando con los murciélagos
que no lloran.

Ojalá alguien sepa que está muriendo
y ojalá y la noche no esté extraña
y reconozca el día su debilidad
en el suelo sin raíz que lo ampara.

¿Dónde están sus hijos?
Construyendo el cielo duro
donde no podrán volar
por el peso agrio del recuerdo.

Los mosquitos lamen su vaso,
el aire reseca sus labios que no hablan
y como otra noche pensará
que la muerte ronda su ventana
y la mañana será más fuerte
que la oscuridad de los murciélagos.

¿Dónde están sus hijos?
Entre motivos para seguir el baile
de alas cortas
donde el amor es un clavo ajeno.

La mañana sentencia
que está muerto
-naturalmente muerto-
de muerte natural a olvido.

¿Dónde está su amor?
Con su obscenidad perversa
rezando como lobo hambriento
que una presa lo crea bueno.

Los aviones pasan la noche simulando estrellas,
y mientras el sacerdote habla con Dios
con adioses los murciélagos que no lloran
se preocupan del hombre que no tuvo pasado
-y qué les dejara en herencia-
a pesar de tener sus genes,

y siguen con la vida en vuelo oscuro
sin lágrimas que derramar.

jueves, 5 de agosto de 2010

Otro cuento, fotografía de Rafael Cruz y poema de Marta Antonia Sampedro

Creemos otro cuento, hija.

Un cuento, donde la princesa
sujete su corona con horquillas,
no tenga el don de la belleza
porque sea más fea
que cualquier fea vasalla.
Con tules de seda barra
las escaleras de palacio,
y las criadas libres tengan
los días,
porque van a la escuela.

Otro cuento,
donde los cocodrilos
no tengan interés
en devorar campesinos
y a raya tengan
a los cazadores de avaricias.

Uno, donde la madre,
doble el cuello
al ogro devorador de ilusiones,
y el padre dotes borde
para enseñarlas a los vecinos,
maravillados
de sus dedos de hilo.

Un nuevo cuento, hija.

Donde las estrellas guíen,
náufragos que de reinos crueles
y del hambre huyen.
Los convertiremos
en morenos luceros
que en los toboganes rían
con los calamares,
y escribir al fin sepan,
sin más carga
que su tinta azulada.

Que Jonás baile con la ballena,
las músicas más bellas
que las caracolas
al nacer ya saben,
indicadas por las olas.

Cenicienta prefiera sus alpargatas,
a un zapato que todas han calzado.
Su asno Platero elija por padrino,
en vez de carrozas doradas
que no entienden de deseos.

Blancanieves despierte por sí sola
del coma de la estupidez,
dejando a todos boquiabiertos
en inglés, francés,
español, griego,
por la universidad de la libertad.

Que Dumbo nazca en su casa,
la selva,
y para los hombres
sus colmillos sean relámpagos,
que al tocarlos estallen duplicados,
contra ellos.

Otro cuento.

Y nos dormiremos pensando,
otra noche más,
que al abrir las páginas
de los sueños,
otros cuentos velan
aquello que creemos
tan cierto.